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fabiancasas

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Pogo

To Julia, in memoriam

Señor, le escribo para decirle


Señor,
le escribo para decirle
que he vuelto, esta mañana,
a leer sus versos.
Mi sed está saciada
y me siento iluminado.
No sé cómo pude
negarlo tres veces,
practicar la escritura automática
y unirme a la crueldad
de la multitud.

La esgrima tonta de los días
se había apoderado de mí.
Perdóneme, recíbame.


 

Tras cabalgar días enteros


Tras cabalgar días enteros
nos pusimos a un tiro de piedra de la ciudad.
Estaba donde pensábamos.
No se habían equivocado los oráculos
ni los mapas. Luminosa, en la noche,
se veía desde el alto campamento.
"Ven aquí -me dijo Atila-, mañana
conducirás la columna que iniciará
la invasión" (la traducción es mía).
Después se marchó.
Bebimos y bailamos como era costumbre,
y nos retiramos a dormir
en carpas improvisadas.



Todos los poetas son mortales

 

Como un homenaje a la tautología,
Wilcock muere de un infarto
mientras lee un libro sobre el corazón,
Montale se queda dormido y Eliot,
muy débil, se colorea la cara
y negocia con Dios.
Pero, ¿cómo?
¿El viejo Wally escribía poesía?


 

Esperando que la aspirina


Esperando que la aspirina empiece a trabajar,
que acomode los cuartos, que revuelva el café
y que traiga a mi madre, fresca
a esta tarde de agosto
hojeo revistas estúpidas, escucho discos viejos
me pregunto en qué momento
los dinosaurios sintieron
que algo andaba mal.

 


Aunt


La ciudad aluvional
a la que llegan viejos de todas partes,
olor a pelo quemado, aparatos
para respirar.
¡La música del ocaso
en discos compactos y cassettes!

"Cuando eras chico
yo te sacaba desnudo a pasear".

Ahora presenciamos el triunfo del tiempo,
subimos escaleras de mármol
y ya no estamos seguros de ser el centro del mundo
sino inquilinos de un barrio periférico:
"tengo miedo, no quiero dormir acá".

El doctor aparece, impasible
su pelo negro brilloso peinado hacia atrás,
masticando chicle y tomándote el pulso.
La vida, a veces, tiene un humor de mierda.
Y dice: "podrías salir un momento
que voy a revisarla".

Cuatro paredes, un botiquín
y tu cuerpo presocrático sobre la camilla
se cierran tras la hoja de la puerta.

 


Tratando de sepultar


Tratando de sepultar la narración de nuestros padres
se va la adolescencia.
Después pagamos para que la recopilen
y nos digan que podemos ser mejores.
¿Por qué sueño con perros?
¿Por qué me aburren las tardes
y no puedo hablar con mis amigos?
Mientras tanto, la mujer cocina
y el marido se masturba en el baño.
La dicha se engendra
en el corazón de lo trivial
y a veces alguien muere,
a oscuras, en un cine.



Pound´s station


Cuerpos elevados
por el lento mecanismo
de la escalera del subte.
Abrigos, guantes y bufandas;
rostros duros que no parecen venir
de la confortable luz de los vagones
sino del círculo donde Ugolino come.

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Distribuimos nuestro tiempo
entre el miedo a la muerte y el miedo
a los demás; la gramática
incomprensible de una reunión de amigos

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Despertarte


Despertarte a mitad de la noche
y ver en el otro lado de tu cama
a tu mujer llorando
es una experiencia importante.
Quiere decir, entre otras cosas,
que mientras paseabas por los cuartos
iluminados de tu cerebro
algo se estaba gestando cerca tuyo.
Un error con el cual mantenés
una particular relación de intimidad.
Porque aunque no firmemos nada,
ni corramos apurados bajo la lluvia de arroz
pensamos que es para toda la vida
y así seguimos.
Botes, que durante la noche,
quedan amarrados al muelle,
golpeándose entre sí,
según el viento.



Cancha Rayada


Caminamos, con mi viejo, por la playa de estacionamiento.
Es un día de calor sofocante
y en el asfalto recalentado
vemos la sombra de un pájaro negro
que vuela en círculos,
como satélite de nuestra desgracia.
Una multitud victoriosa, a nuestras espaldas,
ruge todavía en la cancha.
Acabamos de perder el campeonato.
La cabina del auto es un horno a leña;
los asientos queman y el sol que pega
en el vidrio, enceguece.
Pero no importa, como dos bonzos
dispuestos a inmolarse,
nos sentamos y enciendo el motor:
Fabián Casas y su padre
van en coche al muere.



Henry V arenga a sus soldados


Canta, oh Diosa,
aquella larga marcha
que nos dejó un tendal de muertos
en la periferia de la compasión y el coraje.
Soldados amargos y duros caían en el barro
y eran heraldos negros los días y las noches.
Canta entonces cuando nuestro señor,
montado en su corcel -con ropas de días
que no quiso cambiar, por un extraño augurio-
pronunció estas aladas palabras:
"Señores,
ha llegado la hora de demostrar cuánto valemos.
A quien no tenga ánimos para esta lucha,
se lo deje marchar: no queremos caer
en compañía de cobardes.
Que se queden los valientes,
-galgos que tiran de la correa
ansiosos por el combate-
los que serán ejemplo
para hombres de sangre más vulgar.
Todos, en nuestra patria, envidiarán
no haber estado aquí.
¿Por qué, entonces, habría de temer al enemigo?
Ni el azar, ni el cansancio podrán con nosotros
¡Hijos de los vientos!

Y una vez concluidas tan hermosas palabras,
un estallido de júbilo sacudió al bosque
y nos juramos acabar con 21 años
de estéril escolástica. Quedó escrito:

"Presos de un furor demencial
los hombres de Henry V
entraron a la Pequeña Chicago
y arrasaron con todo".



Pogo


Sentados los cuatro, frente a platos calientes,
necesitamos avanzar. ¿ Es esto
lo que quería decir?
El balcón, a tus espaldas
da sobre un corazón de manzana
donde la luna ilumina techos y cables.
Sacudida por el viento,
la ropa colgada produce aplausos secos
para nadie.

¡Los pensamientos brotan de mi cabeza
como el sudor!

Bajo el cálido cono de luz,
el brillo de los cubiertos
y el tintinear de vasos y botellas
cometimos la estupidez
de recurrir al mito para ordenar el mundo.

"Lo único que podemos hacer
-dice él- es superar a nuestros padres".
Y yo digo "Sí, sí" y mastico
un pedazo de carne seca.

Nos ponemos tensos. ¿Y ella?
Devorada por el perro de la maternidad
ya no puede articular palabra.
Deberíamos irnos, pero no podemos.

Pienso en la rutina de los parques,
los besos, los paseos al aire libre,
la oscuridad del cuarto
en el que mis viejos se convirtieron en hermanos.

Los días se apilaron entre algodones
como pastillas en un frasco.
¿Nos van a venir a visitar más seguido?
¿La pasaron bien? ¿No te molestó
que te dijera esas cosas?
"No", digo. El violín finísimo
de un mosquito orbita mi cabeza.
¿Cómo pudo escapar del invierno?
¿Cómo podremos alguna vez
escapar de este cuadro?

Distribuimos nuestro tiempo
entre el miedo a la muerte y el miedo
a los demás; la gramática
incomprensible de una reunión de amigos.

Pongámonos los sacos,
saludémonos, deseémonos suerte
y salgamos a la calle
bajo el abrigo confortable de la psicología.