Señor,
le escribo para decirle
Señor, le
escribo para decirle que he vuelto, esta mañana, a leer sus versos. Mi sed está saciada y me siento iluminado.
No sé cómo pude negarlo tres veces, practicar la escritura automática y unirme a la crueldad de la multitud.
La esgrima tonta de los días se había apoderado de mí. Perdóneme, recíbame.
Tras
cabalgar días enteros
Tras cabalgar
días enteros nos pusimos a un tiro de piedra de la ciudad. Estaba donde pensábamos. No se habían equivocado los
oráculos ni los mapas. Luminosa, en la noche, se veía desde el alto campamento. "Ven aquí -me dijo Atila-, mañana
conducirás la columna que iniciará la invasión" (la traducción es mía). Después se marchó. Bebimos y bailamos
como era costumbre, y nos retiramos a dormir en carpas improvisadas.
Todos
los poetas son mortales
Como un homenaje
a la tautología, Wilcock muere de un infarto mientras lee un libro sobre el corazón, Montale se queda dormido
y Eliot, muy débil, se colorea la cara y negocia con Dios. Pero, ¿cómo? ¿El viejo Wally escribía poesía?
Esperando
que la aspirina
Esperando que
la aspirina empiece a trabajar, que acomode los cuartos, que revuelva el café y que traiga a mi madre, fresca a
esta tarde de agosto hojeo revistas estúpidas, escucho discos viejos me pregunto en qué momento los dinosaurios
sintieron que algo andaba mal.
Aunt
La ciudad aluvional
a la que llegan viejos de todas partes, olor a pelo quemado, aparatos para respirar. ¡La música del ocaso
en discos compactos y cassettes!
"Cuando eras chico yo te sacaba desnudo a pasear".
Ahora presenciamos
el triunfo del tiempo, subimos escaleras de mármol y ya no estamos seguros de ser el centro del mundo sino inquilinos
de un barrio periférico: "tengo miedo, no quiero dormir acá".
El doctor aparece, impasible su pelo negro brilloso
peinado hacia atrás, masticando chicle y tomándote el pulso. La vida, a veces, tiene un humor de mierda. Y dice:
"podrías salir un momento que voy a revisarla".
Cuatro paredes, un botiquín y tu cuerpo presocrático sobre
la camilla se cierran tras la hoja de la puerta.
Tratando
de sepultar
Tratando de sepultar
la narración de nuestros padres se va la adolescencia. Después pagamos para que la recopilen y nos digan que podemos
ser mejores. ¿Por qué sueño con perros? ¿Por qué me aburren las tardes y no puedo hablar con mis amigos? Mientras
tanto, la mujer cocina y el marido se masturba en el baño. La dicha se engendra en el corazón de lo trivial y
a veces alguien muere, a oscuras, en un cine.
Pound´s
station
Cuerpos elevados
por el lento mecanismo de la escalera del subte. Abrigos, guantes y bufandas; rostros duros que no parecen
venir de la confortable luz de los vagones sino del círculo donde Ugolino come.

 |

Distribuimos
nuestro tiempo entre el miedo a la muerte y el miedo a los demás; la gramática incomprensible de una reunión de
amigos


Despertarte
Despertarte a
mitad de la noche y ver en el otro lado de tu cama a tu mujer llorando es una experiencia importante. Quiere
decir, entre otras cosas, que mientras paseabas por los cuartos iluminados de tu cerebro algo se estaba gestando
cerca tuyo. Un error con el cual mantenés una particular relación de intimidad. Porque aunque no firmemos nada,
ni corramos apurados bajo la lluvia de arroz pensamos que es para toda la vida y así seguimos. Botes, que
durante la noche, quedan amarrados al muelle, golpeándose entre sí, según el viento.
Cancha
Rayada
Caminamos, con
mi viejo, por la playa de estacionamiento. Es un día de calor sofocante y en el asfalto recalentado vemos la sombra
de un pájaro negro que vuela en círculos, como satélite de nuestra desgracia. Una multitud victoriosa, a nuestras
espaldas, ruge todavía en la cancha. Acabamos de perder el campeonato. La cabina del auto es un horno a leña;
los asientos queman y el sol que pega en el vidrio, enceguece. Pero no importa, como dos bonzos dispuestos
a inmolarse, nos sentamos y enciendo el motor: Fabián Casas y su padre van en coche al muere.
Henry
V arenga a sus soldados
Canta, oh Diosa,
aquella larga marcha que nos dejó un tendal de muertos en la periferia de la compasión y el coraje. Soldados
amargos y duros caían en el barro y eran heraldos negros los días y las noches. Canta entonces cuando nuestro señor,
montado en su corcel -con ropas de días que no quiso cambiar, por un extraño augurio- pronunció estas aladas palabras:
"Señores, ha llegado la hora de demostrar cuánto valemos. A quien no tenga ánimos para esta lucha, se lo deje
marchar: no queremos caer en compañía de cobardes. Que se queden los valientes, -galgos que tiran de la correa
ansiosos por el combate- los que serán ejemplo para hombres de sangre más vulgar. Todos, en nuestra patria,
envidiarán no haber estado aquí. ¿Por qué, entonces, habría de temer al enemigo? Ni el azar, ni el cansancio podrán
con nosotros ¡Hijos de los vientos!
Y una vez concluidas tan hermosas palabras, un estallido de júbilo sacudió
al bosque y nos juramos acabar con 21 años de estéril escolástica. Quedó escrito:
"Presos de un furor demencial
los hombres de Henry V entraron a la Pequeña Chicago y arrasaron con todo".
Pogo
Sentados los cuatro, frente a platos calientes, necesitamos avanzar. ¿ Es esto lo que quería
decir? El balcón, a tus espaldas da sobre un corazón de manzana donde la luna ilumina techos y cables. Sacudida
por el viento, la ropa colgada produce aplausos secos para nadie.
¡Los pensamientos brotan de mi cabeza como
el sudor!
Bajo el cálido cono de luz, el brillo de los cubiertos y el tintinear de vasos y botellas cometimos
la estupidez de recurrir al mito para ordenar el mundo.
"Lo único que podemos hacer -dice él- es superar a
nuestros padres". Y yo digo "Sí, sí" y mastico un pedazo de carne seca.
Nos ponemos tensos. ¿Y ella? Devorada
por el perro de la maternidad ya no puede articular palabra. Deberíamos irnos, pero no podemos.
Pienso en
la rutina de los parques, los besos, los paseos al aire libre, la oscuridad del cuarto en el que mis viejos se
convirtieron en hermanos.
Los días se apilaron entre algodones como pastillas en un frasco. ¿Nos van a venir
a visitar más seguido? ¿La pasaron bien? ¿No te molestó que te dijera esas cosas? "No", digo. El violín finísimo
de un mosquito orbita mi cabeza. ¿Cómo pudo escapar del invierno? ¿Cómo podremos alguna vez escapar de este
cuadro?
Distribuimos nuestro tiempo entre el miedo a la muerte y el miedo a los demás; la gramática incomprensible
de una reunión de amigos.
Pongámonos los sacos, saludémonos, deseémonos suerte y salgamos a la calle bajo
el abrigo confortable de la psicología.
 |