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Nadie Zafa nunca

Hace varios años yo tenía un amigo al que llamaré P que trabajaba en una agencia de noticias, en la sección de cultura. Era un muchacho nervioso y pasado de rosca. Vivía estresado por millones de notas que se comprometía hacer para otros medios y que, invariablemente, terminaba casi sobre la hora. Uno de esos días en que la redacción de la agencia estaba al dente les cayó la noticia de la muerte de Onetti. La editora de su sección le encargó a P que se ocupara de conseguir comentarios de prestigiosos escritores sobre el uruguayo. Así que bien temprano, por la mañana, P llamó a Juan José Saer a París. Y nervioso y apurado como siempre, le dijo: "Necesito su opinión porque se acaba de morir... Saer". Del otro lado de la línea se produjo un silencio demoledor y P casi palma de un infarto cuando se dio cuenta del fallido que había tenido. Saer se rió, le dijo unas cuantas frases de rigor sobre Onetti y, cuando vino a Buenos Aires a presentar Las Nubes, le escribió a P una dedicatoria que decía: "Los muertos que vos matás gozan de buena salud".

Bueno, ahora me acaban de decir que se murió Saer en serio, en París, como consecuencia de un cáncer de pulmón. Y la verdad es que me afectó cuando me lo dijeron. Cosa que me sorprendió porque Saer no me caía bien. Es decir, la persona cotidiana que haya sido Saer es algo que desconozco (sólo estuve una vez tomando whiskies con él junto con P, hace muchos años) y de ella hablarán bien y mejor sus amigos íntimos. Pero Saer en sus últimos años representaba a un tipo de escritor demasiado egocéntrico para mi gusto, siempre dispuesto a dejarse adular por lo que yo llamo el "síndrome del palco del Diego". Es decir gente dispuesta a hacer pogo con el Diez y practicar el sidieguismo a full. De ahí que cada vez que Saer hablaba de escritores, nombraba a los que estaban muertos o a los que de alguna manera eran clones de él y, por consiguiente, no le llegaban ni a los talones. Por otra parte me daba verguenza ajena verlo despotricar de manera obsesiva, salierizándose, contra Paulo Coello, obsesionado por el poder de venta de las giladas que escribía el brasileño. Saer era y es para mí un escritor extraordinario y no lograba entender el por qué de la fobia contra un tipo sin duda muy listo. Mucho tiempo después me di cuenta que Juani, como le decían sus íntimos, también quería vender mucho y en eso Coello es imparable. Todo esto que cuento puede parecer raro porque cuando uno se muere por lo general se lo celebra de manera automática, ya que la muerte cubre todo con su velo de respeto. El muerto es alguien que acaba de entrar en el misterio. Y por lo tanto -como es alguien que se nos adelantó en eso que nos da tanto miedo- está por encima de nosotros. Pero yo creo que esto es una estupidez y la mejor manera de hablar de una persona es, precisamente, diciendo lo que pensamos como si la muerte fuera un accidente que pone la cuenta en cero. Como dice Beckett en su ensayo sobre Proust: "Cualquiera que sea la opinión que tengamos sobre la muerte, podemos estar seguro de que no tiene el menor sentido ni el menor valor. La muerte no nos ha pedido que reservemos un día libre". Por eso, en términos de producción literaria, no creo que la muerte de Saer haya, como dicen hoy los diarios, "truncado una carrera literaria". Un escritor no es como un futbolista que siempre tiene que meter goles. Saer escribió varios libros que lo ponen en un lugar de excepción en la literatura mundial. Cicatrices, El Entenado, Glosa, La vuelta completa, El limonero real, Nadie Nada Nunca, los poemas de El Arte de Narrar, sus relatos, etcétera. ¿Cuántos escritores pueden jactarse de haber escrito tantos libros hermosos, peligrosos, inauditos? Libros que crean una poética y trabajan una zona donde otros escritores van a ir a buscar agua. Creo que uno de los fuertes legados de Saer es este: escribir la obsesión, se esté o no en la época que la merece. No escribir escuchando lo que está "en el aire", si no crear un mundo nuevo para que en ese mundo se cree también un nuevo lector. Y también reconocer que la puntuación es nuestra respiración sobre el texto y que es una decisión ética que no hay que dejársela a los correctores o a los gramáticos.

Cicatrices fue el libro con el que me inicié en la aventura Saer. Un libro contemporáneo de Rayuela, pero infinitamente más riesgoso, a contra corriente de las modas y donde la voz del narrador ya estaba a pleno. Los primeros relatos de Saer (El taximetrista, Unidad de Lugar) y la novela La Vuelta Completa me encantan, porque muestran a un escritor todavía inestable y no completamente seguro de su material. Y en ellos es notable la influencia de Onetti, Arlt y Joyce. Muchas veces me pregunté si Saer habría leído a Haroldo Conti. Creo que el narrador de Sudeste y En Vida es uno de los pocos que, en su momento, estaba a la par del joven de Serodino, escribiendo una literatura sin atributos. Pero era la época de la porquería del boom latinoamericano infectando las mesas de las librerías. Y salvo el caso de unos pocos, no se los leyó bien a ambos hasta más tarde.

En una edición de El Porteño, en 1987, César Aira -dando la pelea por un lugar en el canon- escribía un ensayo interesante sobre Saer a quien acusaba de escribir muy bien. "Saer tiene la particularidad tan poco latinoamericana de que cada libro que saca es mejor que el anterior". Aira practicaba la técnica del elogio desmesurado para terminar mostrando que eso no era suficiente: "El modelo de Saer es el ejercicio de taller literario, basado en una consigna lo bastante inteligente como para que dé una buena novela, y ejecutado con la mejor destreza posible". Saer es un gran artesano -decía el listillo de Aira- por eso mejor ni leerlo. Pocas veces una crítica excesivamente a favor provocaba la sensación -buscada, por otra parte- de que el objeto estudiado podía ser un fiasco. Creo que en un momento de la parte final de su obra -Las Nubes, la Pesquisa- queda la sensación de que Saer era demasiado consciente de su talento como narrador y que por eso sus novelas dejaron de tener riesgo. Algo vital para tener despierto a algunos lectores que no leen ni a Coello ni al Código Da Vinci. Pero qué importa, ¿no? Saer es un clásico: es decir, alguien que impone los criterios en los cuales va a tener que ser leído. La descripción fenomenológica del corte del salamín en las primeras páginas de Nadie Nada Nunca fueron un hit que pasó de boca en boca entre mis amigos como se cuenta un gol de Maradona. Y también está Glosa, esa novela que, cuando la recuerdo, me llena los ojos de lágrimas y me pone la piel de gallina. Porque no se puede escribir tan bien. La escritura como algo físico. Como decía Borges, algo que impactaba como la presencia del mar. O el comienzo del Entenado: "De esas costas vacías me quedó sobre todo la abundancia del cielo".

Algunos piensan a la literatura de manera deportiva. A mí me gusta pensar a la literatura como una constelación fuera del tiempo donde conviven las obras más diversas. Las estrellas pueden estar muertas, pero la luz continúa viajando hacia nosotros, iluminándonos en la noche cerrada. Parafraseando a Andrés Caicedo: Que le vaya bien, Saer, en estos primeros días de muerte.

Fabián Casas. Claypole, 2005


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